En El Niágara by Rafael Pombo

pombo
Portrait of Rafael Pombo, 1833-1912
Dedicada en prenda de respetuosa admiración y de profundo reconocimiento a la señora María Juana Christie de Serrano.


    ¡Ahí estás otra vez. . . ! El mismo hechizo
que años ha conocí, monstruo de gracia,
blanco, fascinador, enorme, augusto,
sultán de los torrentes, 
muelle y sereno en tu sin par pujanza. 
¡Ahí estás siempre el Niágara! Perenne 
en tu extático trance, en ese vértigo 
de voluntad tremenda, sin cansarte 
nunca de ti, ni el hombre de admirarte. 

    ¡Cómo cansarse! La belleza activa, 
la siempre viva, porque siempre pura, 
no puede fatigar. Hija perfecta 
sin medio humano, del excelso fiat 
que perpetuaron leyes inviolables 
en su incesante acción; mimada hermana 
del firmamento, de la luz, del aire; 
huésped no expulsado del edén perdido; 
esta hermosura es creación constante 
y original, donde trasciende el soplo 
de su autor soberano. Algo nos dice 
que allí está Dios: el néctar de embeleso 
y de reparación que a un tiempo mana. 
Al contemplarla, en nuestro fondo bullen 
los dormitados gérmenes divinos, 
cual hierve al sol el ánima viviente 
de la naturaleza; y surge ansioso 
el amor de familia, el de la eterna 
e indisoluble; y como al mar la gota 
emancipada al fin de térreos lazos, 
como del pecho de la madre el niño, 
mudos de íntimo gozo nos prendemos 
en comunión de eternidad con ella. 
¿Podrá Dios fatigar? ¡Ah! en lo que hastía 
hay encanto letal, triste principio 
de inercia, hostil a Dios, germen de muerte, 
gangrena de las almas secuestradas 
de su raudal vivífico... 
                Mas ¿dónde 
mi mente descendió? Llámala al punto. 
¡Oh Niágara! y en ti la imagen vea
de las almas triunfantes; mire al héroe 
sublime en su martirio; al genio mire 
sereno en la conciencia de su fuerza. 
Distráeme, diviérteme, museo 
de cataratas, fábrica de nubes; 
mar desfondado al peso de tus hondas; 
columnas que un omnipotente Alcides 
descolgó del Olimpo, entre dos vastos 
Mediterráneos, piélagos de un mundo.
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A Vista Del Niágara by Gertrudis Gómez de Avellaneda

Gomez vista
Gertrudis Gómez de Avellaneda
            ¡Oh Sér omnipotente,
De cuya diestra soberana un juego
Es la que admiro excelsa maravilla,
Permite que á la voz de ese torrente
-- Que por primera vez á escuchar llego --
Mi acento asocie bendicion sencilla;
Miéntras con llanto rligioso riego
Del hondo abismo la escarpada orilla!

    Y tú ¡sublime Niágara! perdona
Si con himno trunfal no te saluda
Mi tosca lira, que el cipres corona
            ¿Por que la suerte cruda
            Quiso cumpliera tarde
Mi vivo afan de verme á tu presencia?
¿Por qué mi corazon - do ya no arde
Del entusiasmo juvenil la llama --
Herido, á más, por perdurable ausencia
            De cuanto amó en el mundo,
Se conmueve ante tí, mas no se inflama
Del estro antiguo en el ardor fecundo?.....

    ¡Ay! ¡Cuántas veces venturosa al lado
Del noble compañero de mi vida
-- Que polvo es hoy en el sepulcro helado -
Las horas olvidaba embebecida
En el grato proyecto y la esperanza
De visitarte juntos! ¡Con qué anhelo
-- Mirando aquel instante en lontananza --
Del tiempo ansiaba apresurar el vuelo.....
Miéntras harto veloz él me traia
De doliente viudez lúgubre dia!

            En vano, pues, en vano
De un vate triste admiracion merece
Esta naturaleza prodigiosa,
            Que de la eterna mano
Siempre acabada de salir parece,
Virgen agreste, gigantesca, hermosa.....
En vanò á la viajera solitaria
Que contempla tu curso ¡ inmenso rio !
Le haces alarde de grandeza vária;
Y ora te aduermes mudo en el estrecho
            Profundísmo lecho,
Donde tu esmalte de verdor sombríí
            Ni áun á mover se atreve
Fugaz el aura con su aliento leve;
Ora te ensanchas límpido, murmuras
Rizando las corrientes cristalinas,
Que festona la luz con aureolas;
            Ora las linfas puras
Revuelves bullidor, te arremolinas,
Y semejante al màr encrespas olas,
Que se persiguen sacudiendo espumas;
Hasta que al fin terrible te desatas,
Y al trueno de asordantes cataratas
Llenas los aires de perennes brumas.
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AGUJERO DEL DIABLO (Cataratas del Niágara) by Margarita Feliciano

        Las hierbas mustias rompen su crisálide,
        sus verdes apagados brillan entre las rocas,
    aún se oye en el viento el aullido del hielo.
                          Las aguas allá abajo
                vertiginosas giran sus despojos,
           mientras la niebla asciende
           hacia la desmemoria del tren funicular,
        aumentando el latido de cables temblorosos
                      que avanzan hacia el fin
                        de un cielo ceniciento.

                          Y así y todo, algún día,
        habrá también narcisos y otras flores
                          en este triste sitio;
               flores ajenas a mi vida de antes
             cuando el río indecible
                     fluíacon suavidad en la miel de su sueño.

        Y a través de los años retornaré a este sitio,
        siempre vendré luciendo una sonrisa
                       -diminuta y modesta-
                       esculpida en mis labios
                       cual signo de pregunta

Source: The Author, 2001