Niágara (1832) by José María Heredia

Portrait of José María Heredia
José María Heredia

     Templad mi lira, dádmela, que siento
En mi alma estremecida y agitada
Arder la inspiración.   ¡Oh! ¡cuánto tiempo
En tinieblas pasó, sin que mi frente
Brillase con su luz! . . . Niágara undoso,
Tu sublime terror solo podría
Tornarme el don divino, que ensañada
Me robó del dolor la mano impía.

     Torrente prodigioso, calma, calla
Tu trueno aterrador; disipa un tanto
Las tinieblas que en torno te circundan;
Déjame contemplar tu faz serena,
Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre
Lo común y mezquino desdeñando,
Ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
Al retumbar sobre mi frente el rayo,
Palpitando gocé.   Vi al Oceano,
Azotado por austro proceloso,
Combatir mi bajel, y ante mis plantas
Vórtice hirviente abrir, y amé el peligro,
Mas del mar la fiereza
En mi alma no produjo
La profunda impresión que tu grandeza.

     Sereno corres, majestuoso; y luego,
En ásperos peñascos quebrantado,
Te abalanzas violento, arrebatado,
Como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
De la sirte rugiente
La aterradora faz?   El alma mía
En vago pensamiento se confunde
Al mirar esa férvida corriente,
Que en vano quiere la turbada vista
En su vuelo seguir al borde obscuro
Del precipicio altísimo.   Mil olas,
Cual pensamiento rápidas pasando,
Chocan, y se enfurecen,
Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
Y entre espuma y fragor desaparecen.

     ¡Ved! ¡llegan, saltan!   El abismo horrendo
Devora los torrentes despeñados:
Crúzanse en él mil iris, y asordados
Vuelven los bosques el fragor tremendo.
En las rígidas peñas
Rómpese el agua: vaporosa nube
Con elástica fuerza
Llena el abismo en torbellino, sube,
Gira en torno, y al éter
Luminosa pirámide levanta,
Y por sobre los montes que le cercan
Al solitario cazador espanta.

     Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
Con inútil afán?   ¿Por qué no miro
Airededor de tu caverna inmensa
Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
Que en las llanuras de mi ardiente patria
Nacen del sol a sonrisa, y crecen,
Y al soplo de las brisas del Océano
Bajo un cielo purísimo se mecen?

     Este recuerdo a mi pesar me viene . . .
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
Ni otra corona que el agreste pino
A tu terrible majestad conviene.
La palma y mirto y delicada rosa
Muelle placer inspiren y ocio blando
En frívolo jardín: a ti la suerte
Guardó más digno objeto, más sublime.
El alma libre, generosa, fuerte,
Viene, te ve, se asombra,
El mezquino deleite menosprecia,
Y aun se siente elevar cuando te nombra.

     ¡Omnipotente Dios!   En otros climas
Vi monstruos execrables,
Blasfemando tu nombre sacrosanto,
Sembrar error y fanatismo impío,
Los campos inundar en sangre y llanto,
De hermanos atizar la infanda guerra,
Y desolar frenéticos la tierra.
Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
En grave indignación.   Por otra parte
Vi mentidos filósofos, que osaban
Escrutar tus misterios, ultarajarte,
Y de impiedad al lamentable abismo
A los míseros hombres arrastraban.
Por eso te buscó mi débil mente
En las sublime soledad; ahora
Entera se abre a ti, tu mano siente
En esta inmensidad que me circunda,
Y tu profunda voz hiere mi seno
De este raudal en el eterno trueno.

     ¡Asombroso torrente!
¡Cómo tu vista el ánimo enajena,
Y de terror y admiración me llena!
¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza
Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
Hace que al recibirte
No rebose en la tierra al Oceano?

     Abrió el Señor su mano omnipotente,
Cubrió tu faz de nubes agitadas,
Dió su voz a tus aguas despeñadas,
Y ornó con su arco tu terrible frente.
¡Ciego, profundo, infatigable corres,
Como el torrente obscuro de los siglos
En insondable eternidad! . . . ¡Al hombre
Huyen así las ilusiones gratas,
Los florecientes días,
Y despierta al dolor! . . . ¡Ay! agostada
Yace mi juventud; mi faz, marchita;
Y la profunda pena que me agita
Ruga mi frente de dolor nublada.

     Nunca tanto senti como este dia
Mi soledad y mísero abandono
Y lamentable desamor . . . ¿Podría
En edad borrascosa
Sin amor ser feliz?   ¡Oh! si una hermosa
Mi cariño fijase,
Y de este abismo al borde turbulento
Mi vago pensamiento
Y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara, viéndola cubrirse
De leve palidez, y ser más bella
En su dulce terror, y sonreírse
Al sostenerla mis amantes brazos . . . !
Delirios de virtud . . . ¡Ay!   Desterrado,
Sin patria, sin amores,
Sólo miro ante mí llanto y dolores!

     Niágara poderoso!
¡Adíos! ¡adíos!   Dentro de pocos años
Ya devorado habrá la tumba fría
A tu débil cantor.   ¡Duren mis versos
Cual tu gloria inmotral!   ¡Pueda piadoso,
Viéndote algún viajero,
Dar un suspiro a la memoria mía!
Y al abismarse Febo en occidente,
Feliz yo vuele do el Señor me llama,
Y al escuchar los ecos de mi fama,
Alce en las nubes la rediosa frente.

Source: Hills, Elijah Clarence (ed). The Odes of Bello, Olmedo and Heredia. New York: G.P. Putnam’s Sons, 1920.

Niágara (1825) by José María Heredia

Portrait of José María Heredia
José María Heredia

Dadme mi lira, dádmela, que siento
en mi alma estremecida y agitada,
arder la inspiración. ¡Oh, cuánto tiempo
en tinieblas pasó, sin que mi frente
brillase con su luz!…Niágara undoso,
sólo tu faz sublime ya podría
tornarme el don divino, que ensañada,
me robó del dolor la mano impía.

Torrente prodigioso, calma, acalla
tu trueno aterrador: disipa un tanto
las tinieblas que en torno te circundan,
y déjame mirar tu faz serena,
y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre
lo común y mezquino desdeñando,
ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
al retumbar sobre mi frente el rayo,
palpitando gocé: vi al oceano,
azotado por austro proceloso,
combatir mi bajel, y ante mis plantas
sus abismos abrir, y amé el peligro,
y sus iras amé: mas su fiereza
en mi alma no dejara
la profunda impresión que tu grandeza.

Corres sereno, y majestuoso, y luego
en ásperos peñascos quebrantado,
te abalanzas violento, arrebatado,
como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
de la sirte rugiente
la aterradora faz? El alma mía
en vago pensamiento se confunde,
al contemplar la férvida corriente,
que en vano quiere la turbada vista
en su vuelo seguir al borde oscuro
del precipicio altísimo: mil olas,
cual pensaminto rápidas pasando,
chocan, y se enfurecen;
otras mil, y otras mil ya las alcanzan,
y entre espuma y fragor desaparecen.

Mas llegan…saltan…El abismo horrendo
devora los torrentes despeñados;
crúzanse en él mil iris, y asordados
vuelven los bosques el fragor tremendo.
Al golpe violentísimo en las peñas
rómpese el agua, salta, y una nube
de revueltos vapores
cubre el abismo en remolinos, sube,
gira en torno, y al cielo
cual pirámide inmensa se levanta,
y por sobre los bosques que le cercan
al solitario cazador espanta.

Mas, ¿qué en ti busca mi anhelante vista
con inquieto afanar? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
que en las llanuras de mi ardiente patria
nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
y al soplo de las brisas del océano
bajo un cielo purísimo se mecen?

Este recuerdo a mi pesar me viene…
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
ni otra corona que el agreste pino
a tu terrible majestad conviene.
La palma, y mirto, y delicada rosa,
muelle placer inspiren y ocio blando
en frívolo jardín; a ti la suerte
guardó más digno objeto y más sublime.
El alma libre, generosa, fuerte,
viene, te ve, se asombra,
menosprecia los frívolos deleites,
y aun se siente elevar cuando te nombra.

¡Dios, Dios de la verdad! En otros climas
vi monstruos execrables,
blasfemando tu nombre sacrosanto,
sembrar error y fanatismo impío,
los campos inundar en sangre y llanto,
de hermanos atizar la infanda guerra,
y desolar frenéticos la tierra.
Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
en grave indignación. Por otra parte
vi mentidos filósofos que osaban
escrutar tus misterios, ultrajarte,
y de impiedad al lamentable abismo
a los míseros hombres arrastraban.
Por eso siempre te buscó mi mente
en la sublime soledad: ahora
entera se abre a ti; tu mano siente
en esta inmensidad que me circunda,
y tu profunda voz baja a mi seno
de este raudal en el eterno trueno.

¡Asombroso torrente!
¡Cómo tu vista el ánimo enajena
y de terror y admiración me llena!
¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza
por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
hace que al recibirte,
no rebose en la tierra el oceano?

Abrió el Señor su mano omnipotente,
cubrió tu faz de nubes agitadas,
dio su voz a tus aguas despeñadas,
y ornó con su arco tu terrible frente.
Miro tus aguas que incansables corren,
como el largo torrente de los siglos
rueda en la eternidad…¡Así del hombre
pasan volando los floridos días,
y despierta al dolor!…¡Ay! agostada
siento mi juventud, mi faz marchita,
y la profunda pena que me agita
ruga mi frente de dolor nublada.

Nunca tanto sentí como este día
mi mísero aislamiento, mi abandono,
mi lamentable desamor…¿Podría
un alma apasionada y borrascosa
sin amor ser feliz?…¡Oh! ¡si una hermosa
digna de mí me amase,
y de este abismo al borde turbulento
mi vago pensamiento
y mi andar solitario acompañase!
¡Cuál gozara al mirar su faz cubrirse
de leve palidez, y ser más bella
en su dulce terror, y sonreírse
al sostenerla mis amantes brazos!…
¡Delirios de virtud!…¡Ay! desterrado,
sin patria, sin amores,
sólo miro ante mí, llanto y dolores.

¡Niágara poderoso!
oye mi última voz: en pocos años
ya devorado habrá la tumba fría
a tu débil cantor. ¡Duren mis versos
cual tu gloria inmortal! Pueda pladoso
al contemplar tu faz algún viajero,
dar un suspiro a la memoria mía.
Y yo, al hundirse el sol en occidente
vuele gozoso do el Creador me llama,
y al escuchar los ecos de mi fama,
alce en las nubes la radiosa frente.

Source: Heredia, José Heredia. Torrente Prodigioso: A Cuban Poet at Niagara Falls. ed. & translated by Keith Ellis. Toronto: Lugus Publications, 1997.

Italian Angel of Gelato by C.D. Onofrio

 

C.D. Onofrio
C.D. Onofrio playing at Taps Brewery, Niagara Falls

Italian Angel of Gelato
Watching over me
a plea
a very simple plea
don’t you ever change what you do or the way you are
Italian Angel of Gelato
Saint of Christ
Christian Spiritual Warrior
Italian Angel of Gelato
We are a part of something
We didn’t know it until we were
We didn’t say anything,
no formal announcement
no insignia or trademark
or logo

Ice Cream!
Italian Ice Cream – located at 5458 Victoria Ave., Niagara Falls,Ontario

We knew it when we felt it
looking into angelic eyes
high on the holy
and saintly and wise
delving into life’s simple pleasures
and finding God there
sitting back and listening
and finding God there
playing like children
and finding God there
sharing a drink
and finding God there
opening small doors with sophisticated handles
and finding tartuffo as far as the eye can see
the delicate look on the little girl’s face as she touches her tongue
to her first bite of strawberry ice cream
and to know the sort of spirit that went into it
it’s like innocence meets innocence
and when they shake hands
there’s a holy moment subtly happening
hoping that time is a playful little child
laughing with her tongue out
and minding not the least that gelato melts down her chin
she holds her spoon up in the air like a magic wand
waving her elated little hand for mamma
to come and share in her treasure
and mamma looks right into her
and makes a note to remember

(Inspired by Italian Ice Cream and its owners, the Vergalito family)

Source: C. D. Onofrio, 2017

 

Niagara Falls by John Robert Colombo

(a found poem from the unpublished writings of Bishop John Strachan)

Bishop John Strachan

My brother, after some hesitation,
ventured down the precipice;
and, having reached the bed
of the river below,
we were well rewarded.
It was now
that my expectations were realized:
the height of the rock —
the thundering of the Fall —
the spray forming in rain-bows —
the vast volume of water
rolling over the impending precipice,
produced a sensation overpoweringly
sublime.

Source: Colombo, John Robert; and Strachan, John. John Toronto: New Poems by Dr. Strachan Found by John Robert Colombo. [Ottawa] : Oberon Press, 1969.

From the dust jacket: The poems are taken verbatim from Strachan’s uncollected writings. They are poems by virtue of the special character of their eloquence. They are new in that they speak with fresh urgency and directness to a new age.

Niagara by Willis Gaylord Clark

Here speaks the voice of God  let man be dumb,
Nor with his vain aspirings hither come.
That voice impels the hollow-sounding floods,
And like a presence fills the distant woods.
These groaning rocks the Almighty’s finger piled;
For ages here his painted bow has smiled,
Mocking the changes and the chance of time —
Eternal, beautiful, serene, sublime!

Source: Table Rock Album and Sketches of the Falls and Scenery Adjacent. Buffalo: Steam Press of Thomas and Lathrops, copyright by Jewett, Thomas & Co.,1856c.1848

Also published in: Myron T. Pritchard, comp.  Poetry of Niagara. Boston: Lothrop Publishing Co., 1901.